My Great Conflict

When I was 15, I decided I wanted a tattoo. I didn’t know what to get. I knew I didn’t want something I could possibly get sick of. I didn’t want something cheesy, something devoid of meaning, nor something that could eventually lose all meaning. Some ten years later, it came to me.

I’ve grown up with what I call “my great conflict”. A conflict between what is my physical self and what you could describe as my character or personality. Whenever I went to my therapist, whenever I had a moment alone late at night in my bedroom, or after long evenings whenever I drank so much wine I lost all inhibitions, I would ask myself, “Who would you have been with a different body?” I would then often cry, belittle and blame myself for feeling so pathetic.

I wouldn’t be surprised to find that this is not an unusual question or situation. I would bet that many have asked themselves a similar question. Who would I be if I could hear; if I could walk, If I could see, if I could lose weight, if I were taller, shorter, if I were a man, if I were a woman, if I had darker skin or lighter skin? So many things we are spectacular at being displeased with.

In my experience, this question has come up as a way of often rejecting who I am because of a physical attribute I so whole heartedly refuse to accept as part of me. It has meant questioning the strength of my character which would often seem to balance delicately on the fact that something had happened to me which was out of my control.

Am I me because my home life informed my behaviour and genetics predisposed me to have certain personality traits? Or am I me because these personal experiences I dislike and am tormented by, molded me into behaving in certain ways I struggle to come to terms with?

My former therapist, I believe like any other therapist, would say I was a mix of both. But the thing is, there was a lot of myself that I simply didn’t like which then prompted the question. I was so angry at what I hadn’t had control over that I therefore relinquished power of the one thing I actually did have control over, my choices. For the longest time I have been living with that oxymoron.

I quite often did things I knew I wasn’t pleased with. Things that put me in danger and hurt those around me. Things that I knew I would have to carry with me for the rest of my life. Things that allowed me to indulge in the anger I was experiencing over the one thing I felt I had been cheated with, my body.

Instead of dealing with what I was feeling, I decided that I was better off throwing my hands up in the air than actually working on what was really going on. Therefore my body was one thing, my mind was another. My body was an object and my principals, thoughts, and beliefs were something else entirely and I became really good at tricking myself into believing  I was separating them both.

There was a certain pride that came with feeling like I was able to detach myself in that way. It made me feel superior to all the other silly people that cling to their body as if their persons were based on what I considered to be the frailty of something that will eventually cease to exist. No. I was above the silliness of the physical world. I was my convictions and principles. I was what I spoke up about and defended and studied. I was not a mere mortal. I knew my body was a temporary vessel for what was the greater goal, leaving a mark that would live past the working brain and beating heart.

This duality became a coping mechanism. It became a way of detaching from the physical world and letting me get lost from the reality I was trying so hard to get away from. Like a drug addict, I needed ways of crawling out of my skin so I could forget that I actually couldn’t get away from who I was no matter how hard I tried.

More therapy, more crying, more yelling, a not so nice boyfriend, and long discussions with friends and family have ensued. And a tattoo. A circle on my ankle that is half filled and half unfilled. Half filled with everything my body had been through and half unfilled with everything I’d thought about the world and my place in it. The circle was my long life struggle to accept that I was one whole piece and I had no choice but to accept it no matter how many times I tried to get around the subject.

The tattoo was not about the end to my great conflict. It served as a self admittance that the conflict was even there to begin with. It served as a way of owning up to what I had been through, what I had put myself through, and what I was working towards. It continues to be a symbol of all of that as I keep working to make sure that the circle remains a circle.

For now, all I can say is that: while I wish much of what is real, wasn’t; I accept that it is and I am only a mere mortal.

 

 

 

 

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Admitamos Nuestras Fallas

Estoy segura que ya casi todos han participado en la conversación de una manera u otra. Sale hasta por las orejas. Ha sido el tema más discutido (que no sea Donald Trump)  desde que surgió lo de Harvey Weinstein en Octubre del 2017 cuando Ronan Farrow, hijo de Woody Allen y Mia Farrow, reportó sobre él a través de The New York Times con varios exposées detallando los múltiples incidentes donde actrices se vieron lidiando con una situación cual no debería de ser permitida en cualquier ámbito profesional, público, y/o privado. Pero la conversación no es sencilla; no es blanca y negra.

Desde que surgió el tema sobre el acoso y abuso sexual en Hollywood, han habido todo tipo de respuestas en las redes sociales, en las cenas familiares, en las fiestas entre amigos, y hasta en el trabajo. Es un tema que muchos traemos en la lengua y es uno que no tendrá resolución tan pronto como debería.

Por un lado está el movimiento #MeToo, similar al de #MiPrimerAcoso en México, que a través de las redes sociales se busca atraer atención a lo predominante y común que es el acoso sexual hacia la mujer. Trata sobre solidaridad y sobre hacer dar cuenta que a casi todas las mujeres, definitivamente a muchos hombres también, pero especialmente a las mujeres les ha sucedido algo en algún punto de sus vidas que se pueda sencillamente clasificar como “acoso” si es que no es “abuso”. Aquellas que dirán, “A mi no.” Si, es posible que a ti no. Pero no lo más probable y regresaré a este punto.

Esta aquellos que no entienden o rechazan la idea de que esas actrices que denunciaron a Weinstein puedan llamarlo acoso cuando ellas mismas entraron a la habitación de hotel de Weinstein sabiendo muy bien sobre su reputación ¿Por qué alguien aceptaría una junta en un hotel con la persona más poderosa de la industria en la cual buscan trabajar y quién probablemente decidirá si serán exitosas o no?

Esta el Weinstein effect que ha causado que más voces salgan de las oscuras y denuncien a ellos en poder que han abusado de su posición social, económica, y política con fin de aprovecharse de alguien por una sola noche.

Esta la voz de la actriz francesa Catherine Deneuve quien rechaza al movimiento como un puritanismo en el tema de sexo y una amenaza al romance cotidiano que observamos en las películas de cine, en nuestros sueños cuando esperamos que nuestra pareja nos sorprenda, o hasta en nuestros secretos cuando fantaseamos sobre el vecino, el compañero de trabajo o el chico sentado del otro lado de la barra. Hay que dejar algo claro, el acoso no es romance y el romance no es acoso. Es importante saber esa distinción. 

Están aquellos que dicen que el tema merece un cierto balance; como si decir que el tema de acoso y abuso sexual necesita un lado que defiende …. ¿al acosador?

Luego hay historias como la que acaba de surgir donde una joven fotógrafa reclamó ser víctima del comediante Aziz Ansari. Alguien famoso, recientemente ganador de un premio Golden Globe y al cual se le reconoce por sus opiniones progresistas y liberales. Ella describe lo que parece haber sido una situación donde el actor se aprovechó de ella y él respondió con lo que se ve ser una respuesta genuina y honesta. Conclusivamente parece más como un cita que sencillamente no fue buena. Un encuentro entre dos, donde la comunicación falló y la poca actividad sexual que ocurrió fue incómoda e innecesaria.

Aquí es donde surgen las miles de preguntas que se han hecho desde de Octubre para los que siguen las noticias y desde mucho más antes para quienes conocen el tema: ¿Que debe de suceder para que uno pueda clasificar algo como acoso? ¿Quién decide que es acoso y que no? ¿Como se debe de lidiar con las emociones y sentimientos con aquello que sucede físicamente y verbalmente? ¿Cuales son las rayas negras y cuales las grises? ¿Hay rayas grises? ¿Como lidiamos con las diferencias culturales, sociales, y emocionales que surgen cuando tratamos el tema de sexo? ¿Quien exagera y quien no? ¿Porque a ella/el se le cree y ella/el no? ¿Como se debe de discutir el tema en público? ¿Como de debe discutir en privado? ¿Cuales son y donde caen las responsabilidades de algo que sucede en la sociedad general?

La ley se impone con el fin de proteger a aquellos que se encuentran más vulnerables ante una amenaza. Mientras en teoría la ley debe de apoyar en solucionar esta clase amenaza social, la realidad es que apenas y funciona a su mínimo potencial. Por un lado, la mayoría de las mujeres no denuncian contra sus acosadores porque ellas mismas no creen que lo que les sucede es valido como acoso o abuso. Esto es por muchas razones que incluyen amenazas por el acosador, la mujer pensando que ese trato no vale como acoso, no vale ella lo suficiente para denunciar, que fue su culpa, o se ha normalizado tanto ese abuso que no hace diferencia denunciar o no.

Es importante reconocer que mucho de esta mentalidad se le enseña a la mujer sistemáticamente. De la misma manera en que cuando sí se logra hacer una denuncia, automáticamente suelen cuestionarle lo que traía puesto, con quién estaba, que tomó, y otras ene Miles de cosas que se tratan de verificar por su lado antes de imaginar que exista un acosador.

Y por otro lado, el sistema burocrático no es de gran apoyo a víctimas y también de manera sistemática, le falla a quienes más lo necesitan cuando no los protegen de quienes les causa daño. Esto se ve reflejado cuando en muchos de los casos, las mismas autoridades también buscan culpar a la víctima por aquello que le sucedió.

Entonces, si ya sabemos que la misma institución que debe de protegernos de estos incidentes falla tan catastróficamente, mi pregunta es ¿porque a la sociedad en general se le hace tan complicado o difícil de pensar que existe la posibilidad de que estas cosas suceden con tanta frecuencia y con tan poca atención? ¿Por qué se nos hace tan difícil pensar en la posibilidad de que exista esta falla dentro de nuestra vida cotidiana con todas las otras fallas que suceden al mismo tiempo y que reconocemos con facilidad? ¿Por qué esta falla social no tiene credibilidad y todas las otras sí? ¿Por qué la corrupción sí? ¿Por qué el robo, sí? ¿Por qué el homicidio, sí? ¿Por qué la necesidad de mentir, de juzgar, de hacer trampa, sí tienen lugar y valor sentimental, legal, y ético dentro de nuestra sociedad pero la falla en que tratamos a los sexos de manera distinta y de manera anticuada, abusiva, injusta, y efectivamente dañina, no? Con todas las tonteras que hacemos como humanos diariamente, ¿porque a esta falla no se le da credibilidad? 

No pretendo saber cuales son las respuestas para cada caso que se presenta en los medios ni el entendimiento a las muchas complejidades de lo que es ser un humano hoy en día. Lo que propongo es que tengamos como sociedad la humildad de no asumir saber exactamente cuales son las experiencias de otros porque nosotros creemos que nuestras propias experiencias son lo suficiente para determinar las de los demás. 

Si en cualquier momento has sentido que nadie te entiende, que estas solo en tu experiencia, que si fueras a murmurar tus pensamientos al mundo, ese se caería encima de ti; tu tarea es tratar de tener la mínima compasión y dar a los demás el mismo beneficio de duda que tu quieres que los demás tengan contigo.

No somos una sociedad ciega ni inútil.  Entendemos que el hombre y la mujer tienen pasados muy distintos en la historia que compartimos y entendemos que en el pasado los hombres y las mujeres han tenido distintos papeles dentro de la sociedad. Entendemos que ha la mujer se le otorgó el derecho a votar en México en solo 1953. Es decir, antes de ese año la mujer no tenía el derecho ni de expresar su opinión y decidir por sí misma que clase de vida privada y pública quería llevar acabo. Es decir, mi propia abuela todavía no tenía el derecho de votar el año que mi padre nació. Eso es un hecho.

Pero ese hecho no garantiza el trato equitativo dentro de la sociedad. No garantiza que el jefe vea a su compañera como su igual. No garantiza que un marido permita a su mujer o hija atender a la escuela. No garantiza que a tu secretaria no le vaya a pegar su esposo por llegar tarde del trabajo. No garantiza que a la jefa no la tomen en serio para asistir a juntas donde los hombres salen a comer y a beber juntos para hablar de cosas que “no son para mujeres”. No garantiza que le crean a tu amiga cuando platique que alguien se la violo mientras caminaba a su casa. No garantiza que tomen todo esto en serio porque hay ciertas cosas que definitivamente no han cambiado.

Existe una falla en nuestra sociedad cuando ahora que sale este tema al aire, uno que es serio y que refleja una crisis existencial sobre que clase de sociedad y humanos queremos ser, tan fácilmente se le cuestiona su credibilidad. Tan incomodo el tema y tan cómodos están ahora, que el pavor a la posibilidad de que las cosas cambien hace que prefieran hacerse los ciegos y los negados que enfrentar uno de los retos más importantes en nuestra historia: admitir la falla y permitir que la otra mitad de la población, es decir, la mujer, pueda tener la voz independiente que tanto se le dice haber otorgado hace ya tiempo. Pero basta del habla y permítanse escuchar.

Y a mis amigas que dirán, “a mi no.” Les diré, que bueno por ustedes. Y sí, les creo, esa es la diferencia.

A Vocabulary Lesson: The Real Meaning of ‘Zorra’

While on two separate dates in Mexico, with different men, they each found a moment in our conversations to point out how a woman they knew was a ‘zorra‘ (meaning slut). Immediately, I was turned off. First off, how is a woman’s sexual history of any interest to me? Second, how is a woman’s sexual history of any interest to them? And thirdly, why are they telling me? I didn’t ask. I’ve never been on a date and have, or even considered, pointing out to a guy and saying “hey, that guy is a slut”. But there is a reason why.

Personally, I don’t care. Life is difficult, relationships are complicated, and your body is yours to decide what to do with it. Sometimes we regret our use of it, but most of time, we own up to our own choices. But this concept of choice does not play similarly between men and women, or even those that straddle the gender binary. In conservative communities, like mine in Mexico, those distinctions are not only harder, but more explicit. There’s use of rhetoric familiar to all of us from there: Zorra (Slut) for women and Mujeriego (Womanizer) for men. The important thing to recognize is that those two terms both have significantly different meanings and significantly different repercussions. Let’s break them down.

Zorra refers to a woman being an easy lay. Mujeriego refers to men as being untrustworthy and promiscuous. From experience, I believe zorra is thrown around more loosely than its counterpart. Men use it; women use it. I’d like to point out that I’ve heard of instances of women I know being called zorra even when they hadn’t even slept with anyone yet. This does not happen with men. A woman’s self respect and integrity is immediately put into question when it becomes known that she has a lot of male friends. This brings up a lot of issues: First, it brings up this issue of whether or not women and men can be around each other in a non-sexual context. If you argue that men always sexualize women and therefore will always think of them as a sexual objects, then that’s one problem. We don’t think of it that way when its one guy with several women. Many actually question the man’s sexuality because of it. Not only that, but as an outdated insult (god forbid you hang around estrogen). Second, what does a woman hanging around men have to do with self-respect? In a way, it actually portrays men negatively. If she is surrounded by them, does it mean she’s putting herself in harm’s way? Pegs the question. And thirdly, being surrounded by the opposite sex does not have to be about sex. To set that label on the situation from the outside actually means that you are responsible for doing so, not the woman. You don’t know what the situation is and by choosing to sexualize it…well, it says more about you than her. 

Firsty, there’s a difference between “an easy lay” and being promiscuous. ‘Easy Lay’ suggests that attempting to have sexual relations with a woman won’t be difficult. Promiscuous implies that a person is often looking for casual sex. But the word ‘easy’ implies that it is up to the man to make it happen. It happens to the woman and she lets it happen; she’s easy (god forbid she may actually want to have sex). By being promiscuous, well, you like casual sex and have a lot of it. True, zorra is also used as a way to describe promiscuous women. But it doesn’t work conversely for men. Therefore, it empowers men and desinfranchises women.

The next thing to look at is their social meanings. Zorra does not only mean that a woman is an easy lay. It means that, again, she has no self-respect. The link society gives between self-respect and sex, I believe, is one of the most catastrophic things  to ever happen to women. When a woman has consensual sex as a single, her integrity as both a woman and person is automatically questioned by both genders. For a mujeriego, he is noted as untrustworthy to women (not men), but, his having sex is not the problem as much as the lying connotation. I’m not saying men don’t suffer stereotyping but the results are different and the social response is damning. “She was supposed to wait for marriage”, “How does she just give it away?”, “No one is going to want her now.” “He’ll cheat on you.”, “He’ll hurt you.”, “He’s a boss.”, “He can get any girl he wants.” Women are viewed as unmarriageable used socks (a comparison abstinence programs actually use!) and men are viewed as untameable by women and heroes by men. This idea of self-respect chastises women and elevates men.

The way we use these words are dramatically different. Both men and woman use zorra to denigrate her person. Her whole being is automatically tarnished. In my experience, calling a man mujeriego is usually in the context of warning a woman about a man she may show interest in. We want to protect her from harm; worse, her reputation. But the problem is, her reputation should not be on the balance on the basis of her personal sex life. Times have changed. No longer do the rules of society keep women from depending on men. We no longer marry at 20 (well, many of us) and we no longer are deprived from joining the workforce. This has dramatically changed sex dynamics. We have had women in the past fight for our place in the world and retaining outdated use of language is not only a disservice to them, but to us.

My experience living in New York as a woman is significantly different from that of Mexico. Don’t get me wrong, there’s plenty of misogyny here. Women get cat-called constantly, they’re objectified in the work place, and taken advantage of in plenty of social situations. But there’s a difference: I’ve never heard the term ‘slut’ in my social surroundings. I have never heard of a woman being chastised or reprimanded for being sexually active. I have never worried about what the opposite sex thinks or believes about my personal experiences. It doesn’t even cross my mind. Let me be clear: I’m not saying it doesn’t happen to some degree. But the degree in which it occurs in my country is shameful. The institution of traditional marriage is still held very tightly. And that’s fine. But we must adapt the changes that are occurring in society and quit chastising women for changing with the times. Times are changing and holding on to outdated conservative labels causes more harm than good. I’m not attempting to tell anyone when, how, or with whom they should be sleeping with. I’m simply saying that at this day and age, calling a woman a zorra, says more about you than it does about her.